IX FESTIVAL DE JEREZ


Del 25 de Febrero al 9 de Marzo de 2005


HABLANDO EN PLATA

Comentarios de nuestro Director, a los espectáculos del Festival

 

LOCO POR EL BAILE

PURA ESENCIA DE JEREZ

CARACOLAS DE BAJO GUÍA

LA RETAGUARDIA DEL FLAMENCO

INCREIBLE OPCIÓN A LO DIFERENTE

EL CAFÉ CANTANTE

EL BAILE BISEXUAL

CANTES VIEJOS Y CANTES NUEVOS

LOS REYES DEL BAILE

SE LLAMA MERCEDES Y ES DE JEREZ

UN TEMA POCO FLAMENCO

RECONOCIMIENTO A LOS MAESTROS

CON LOS MEJORES MIMBRES

DIGNO BROCHE DE ORO SONANDO A GLORIA

 

 

LOCO POR EL BAILE

Juan de la Plata

 

El baile te puede volver loco, como le pasó al sevillano Félix Fernández García, cuya figura sirve de eje central a la historia que el Ballet Nacional ha traído al Villamarta, en la noche del estreno del Festival de Jerez. Una figura verídica, no imaginaria, que existió realmente, y que, según dicen, fue un gran bailaor, además de cantar y flamenco y saber tocar la guitarra, con la que, como Juan Breva, se acompañaba cada vez que cantaba.


A Félix, cuando corría el año 1917, lo vieron bailar en un café cantante de su tierra natal, nada menos que dos colosos de los ballets rusos, Diaghilev y Leónidas Massine, quienes se volvieron locos con su arte y le contrataron para que enseñara la danza española, el baile flamenco, a los bailarines de sus ballets, pagándoles un sueldo fabuloso en aquellos entonces: setecientos cincuenta francos mensuales.


Félix Fernández se fue a Francia y a Londres con los rusos, dispuesto a cumplir con su contrato. Y en Londres, según contaba una de las bailarinas rusas, llamada Tamara Karsavina, una noche logró verlo bailar en el salón del hotel Savoy, después de haber estado cenando juntos. Ya era muy tarde, pero Félix se puso a bailar como un loco, “como un semisalvaje”, según expresión de la propia bailarina; mientras que ella y sus amigos le observaban absortos y estupefactos. Porque, sin hacerse rogar ni un ápice, Félix cantaba y bailaba, como un poseso, totalmente entregado a su arte.


“Me sentía entusiasmada – declararía la Tamara –. Olvidé que nos hallábamos en la sala del gran hotel, hasta que los camareros, en voz baja, nos hicieron notar que era demasiado tarde y que el espectáculo debía terminar. También se dirigieron los empleados a Félix, pero éste no les hizo caso: su espíritu volaba muy lejos. Con las luces apagadas siguió como un poseso…”; bailando y bailando, como un verdadero demente.


La historia de Félix el Loco, es realmente hermosa, y ha sido un verdadero acierto haber podido coreografiarla y llevarla a la escena, según idea y dirección de Francisco López, cuando han pasado sesenta y cinco años de la muerte de aquel glorioso loco, que deslumbró a los directores y bailarines de los famosos ballets rusos. El propio Manuel de Falla le vio bailar la farruca y anotó unos ritmos de la misma que – según Ríos Ruiz y Blas Vega – fecha en Madrid, en junio de 1918. Esa farruca sería incorporada por Falla a la partitura de “El sombrero de tres picos” y ahí es cuando surge realmente el drama, pues Félix creía que iba a bailarla y, de forma realmente incomprensible, después de haber enseñado su arte y de que su propia farruca formara parte de la música del ballet, Diaghilev y Massine lo dejaron fuera de una obra que hubiera supuesto la cumbre interpretativa del bailaor sevillano, cuando se encontraba en el mejor momento de su carrera, en plena juventud, a los veintitantos años de edad.


La colaboración artística tan asombrosa, como apasionadamente brindada por Félix Fernández, fue despreciada de forma realmente insólita, de la noche a la mañana, por quienes se habían confesado sus máximos admiradores. El aire gitano incorporado por Falla a la farruca estaba destinado al propio Félix, para que este fuese quien la bailara en su obra; pero este baile sería interpretado por el ruso Massine, que hacía el personaje del molinero y, por lo tanto, era el protagonista del ballet y el designado para bailar la llamada “danza del molinero”.


Pero, al parecer, Félix no lo había entendido así y, cuando ve los carteles del teatro “Alhambra” de Lóndres, anunciando el estreno de la obra de Falla, el 22 de julio de 1919, enloquece de verdad, al verse marginado totalmente de la obra, pues su nombre no aparece por ninguna parte. Félix, sale corriendo a la calle y entra en la iglesia de St. Martín in the Fields, donde – según cuenta el critico musical, Enrique Franco – “rompe a danzar la farruca, hasta caer exhausto. A partir de entonces, pierde la razón y es internado en un asilo de Epson, en donde muere el año 1941”, tras veintidós años de locura.


Esa danza, esa farruca, trepidante y enloquecida, bailada en solitario, bajo las bóvedas de la iglesia londinense de San Martín, constituye la apoteosis dancística de un joven bailaor andaluz, que cree morir de rabia y de dolor, al verse marginado de un proyecto, al que había entregado, con la mayor ilusión del mundo, todo su arte. En la flor de la vida, Félix Fernández se vuelve loco, más que por culpa del baile, por culpa del enorme desprecio que le hicieron, al no incluírsele en el reparto artístico del ballet “El sombrero de tres picos” de Manuel de Falla., en su estreno en Londres.


Una historia, la de Félix el Loco, al que pintara Picasso, que hacía años estaba pidiendo que se le hiciera un ballet para inmortalizarla, y a la que Javier Latorre, uno de nuestros mejores coreógrafos actuales, ha sabido darle vida sobre las tablas del teatro Villamarta, en la noche del estreno del Festival de Jerez, bajo la dirección escénica de Paco López y con el concurso extraordinario de los grandes bailarines del Ballet Nacional; que han venido de nuevo a Jerez, para refrendar el Premio de la Crítica que tan justamente alcanzaran con “Fuenteovejuna”, en pasada edición.

 

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PURA ESENCIA DE JEREZ

Juan de la Plata

 

Dicen que la esencia en tarro pequeño se vende. Será porque es cara y muy difícil de encontrar. En el teatro la esencia del buen baile, tampoco suele abundar, aunque es más fácil encontrarla entre los brazos de una mujer, que en los pies de los hombres, sobre todo hoy día, en que tantos se empeñan en zapatear sobre ella, hasta logar machacarla.


La esencia más pura del baile es femenina por antonomasia; aunque de vez en cuando sepamos de algún varón que la conserve en la elegancia de su arte, donosamente interpretado. Pero no es lo más usual. Por eso, uno está siempre del lado de la mujer bailaora, sin despreciar a aquellos maestros que, en un momento determinado, le emocionaron con su baile verdaderamente quintaesenciado. Y recordamos las figuras magistrales de un Vicente Escudero, de Antonio, de Paco Laberinto, de Gades, del Mimbre, de Manolete, El Güito y de muy pocos más. Entre éstos, El Pipa y El Grilo, los dos más grandes bailaores de Jerez, en este siglo XXI.


Ellos derrochaban – los vivos, aún la derrochan - esencia a manos llenas. Pura esencia bailaora. Como la de aquellas divinidades de la danza flamenca que alcanzamos a ver bailar sobre distintos escenarios, que se llamaron Pilar López, Pastora Imperio, Carmen Amaya, Lola Flores… y muy pocas más. Sin olvidarnos de la gran Matilde, ni de Merche Esmeralda, ni de Manuela Carrasco; o de aquella Trini España, a la que tan bien la cantara aquí, en Jerez, una noche en Tempul, mi admirado Manolo Valencia, el Diamante Negro, por seguiriyas inolvidables. Ni de aquella Carmen Carreras, que se casó con un aristócrata, y que ganara aquí, en Villamarta, el gran concurso internacional que se hizo, allá por el año sesenta y tres del siglo que se nos fue. Esas mujeres sí que tenían esencia en sus brazos y en sus manos y en su cuerpo jacarandoso, cuando bailaban. Porque, cuando levantaban sus brazos y sus manos, el mundo quedaba en suspenso y ocurrían cosas importantes, de las que nunca se olvidan.


Como no olvidó nunca Federico García Lorca la esencia que tenían aquellas viejas sarmentosas que una vez viera bailar en la calle Nueva, en competencia con bellas muchachas “de cintura de agua”. Una esencia que se convertiría en emoción, por su sobriedad innata, nacida de la tradición más pura. Donde desde la bulería de la fiesta a la seguiriya de la emoción hay un trecho tan corto que parece que no hay más que un paso, pero pueden haber muchos caminos para llegar a ella. Porque si la bulería es la eclosión del compás, la seguiriya lo es del sentimiento más íntimo y profundo que nuestros flamencos llevan dentro.


Y en Jerez se conocen muy bien esos caminos por los que anoche transitaron, teniéndonos el alma en vilo, María del Mar y Antonio de Malena, con su morena gente llegada de los barrios de la Plazuela y de Santiago; llevando cada uno, como una flor en el pecho, un incontenible borbotón de cantes y bailes muy nuestros; herencia de familia, que dirían, brotándole de la misma piel, con esencia de romero, menta y yerbaluisa. “A canelita y a clavo me güele tu a mí”; ya lo decía la vieja copla jerezana por seguiriya fragüera.


El baile, si no trasmina y huele, si no tiene esencia, ni es puro, ni es digno de llamarse baile. Por eso, Jerez es tan especial. Ha sido siempre muy especial, cuando de baile se ha hablado. Sea en tiempos antiguos, cuando eran Juana la Macarrona, La Malena, La Fernanda y tantas otras, las reinas del cotarro, como ahora con ese ramillete de jóvenes bailaoras que andan pidiendo paso, intentando abrirse camino entre las mejores de España. Llámense María del Mar, Mercedes Ruiz, o cualquier otra de las que muy pronto, algún día, pisarán las tablas de Villamarta, para dejar la huella indeleble de su paso.


Y hablando de huella. ¿Por qué no ir pensando en invitar a las más grandes maestras de hoy día a dejarnos, para siempre, las huellas de sus pìes o de sus zapatos de genios del baile y de la danza, ante la entrada del Villamarta, como recuerdo imperecedero de su paso por ese mundo mágico, y sobre todo por nuestro primer coliseo, al estilo de lo que hacen en Hollywood con las celebridades del mundo del celuloide? Sería una ocasión única - empezando por nuestra queridísima y admirada Angelita Gómez -; y ahora que tenemos aquí, reunidos, para actuar, o impartiendo su arte, a geniales maestros como Matilde Coral, Blanca del Rey, Mario Maya, José de Udaeta, Antonio Márquez, Javier Latorre, Eva la Yerbabuena, Manolete, Merche Esmeralda, etc. Los reyes actuales de la esencia más pura del baile y de la danza de nuestro tiempo.


Es una idea que brindamos a la Fundación Teatro Villamarta con el deseo de que hoy, antes que mañana, que puede ser tarde, la ponga en práctica, como un reconocimiento hacia los artistas citados y como un honor para el teatro de nuestros amores, en cuyo escenario ellos han actuado, derramando la esencia de su arte, a manos llenas. Como lo hicieron anoche algunos de nuestros mejores artistas, de la mano de esa joven gran figura de nuestro baile que se llama María del Mar Moreno, vibrando, bailando con duende, con el cante gitanísimo de Antonio de Malena, esencia ambos del Jerez más puro y flamenco que, a partir de hoy, se disponen a pasear por el mundo, con verdadero orgullo de extraordinarios artistas jerezanos.¡Que la suerte les acompañe!

 

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CARACOLAS DE BAJO GUÍA

Juan de la Plata

 

Como si el Guadalquivir de pronto se desbordase y hasta Jerez llegasen sonidos de caracolas de Bajo Guía, así ha bajado, una vez más, hasta Villamarta, inundándola de arpegios y ecos marineros, la guitarra de agua y viento, viento y agua, de Manolo Sanlúcar, recordándome a mi aquello que decía Federico García Lorca de que hay “guitarra que sale por las noches cuando nadie la ve, y se convierte en agua de manantial”; porque para el poeta también existía una “guitarra hecha con madera de barca griega y crines de mula africana”, como nos recordara no hace muchos años, en Córdoba, durante el Festival Internacional de la Guitarra - hermano mayor de nuestro Festival de Jerez -, otro poeta granadino, mi amigo Juan de Loxa, conservador de la casa-museo del poeta de Fuente Vaqueros, que tan poéticamente comparara la guitarra con un “corazón malherido por cinco espadas”.


Una guitarra de agua y viento, viento y agua, que mi amigo Isidro, hace ya pero que muchos años, amasó con la mejor levadura, en su horno de la calle Sargenta, para que su hijo Manolo la tocase por todos los meridianos que circundan la faz de la tierra. Y esa guitarra, con sonido de caracola marinera de Bajo Guía, vino anoche, impulsada por las olas, hasta el escenario del Villamarta, para ofrecernos tan solo tres momentos para un concierto, que de ser algunos más hubieran acabado en inundación de sinfonía total, por culpa de un Guadalquivir de sal, angustia y llanto, convertido en guitarra bruja y sabia, en manos de un músico genial, de un compositor que va por el mundo con su guitarra bajo el brazo, como quien lleva a la amante, cogida de la cintura, abrazado a ella y mimándola, acariciándola amorosamente. Aunque no pueda evitar que se le desborde en armonías y por el brocal de su pozo de viento y agua, de pronto surja un manantial que lo inunde todo, como ocurriera anoche y tantas otras noches.


Y eso es lo que sucede con la música de Manolo Sanlúcar, artista antes que guitarrista, según nos dice; pero que se siente a veces más guitarrista que artista, porque no puede evitar ser lo que es, desde que su padre Isidro colocara aquella primera guitarrita entre sus manos, hace sabe Dios cuantos siglos. Todos los que ha vivido Manolo, en este y en otros mundos de su fantasía sinfónica, porque la música andaluza, la de las caracolas de sus pulsos, la lleva en la mismísima masa de su sangre, y sin ella no sabe navegar por esos mares que lo llevan y lo traen de un continente a otro, repartiendo a manos llenas el pan caliente de ese horno que arde en su corazón de artista.


Así es lo que hace, lo que compone para su guitarra, con viento de las marismas y agua de Bajo Guía, este sanluqueño de la triste mirada y el cabello blanco de la negra pena que, para no morir viviendo, no tiene más remedio que seguir y seguir componiendo con añoranza gaditana; como ruiseñor y mirlo que juntos cantaran orando; mientras él busca las normas de un imaginario tercio de varas, en una maestranza de sueños y quebrantos; que lo llevan, como gacela del amor desesperado, al campo de la paz y los silencios, donde tan solo reina la más suave armonía… Música que no es solo flamenca, sino también torera, marinera, campera; entrelazada de esos laureles y ensoñaciones que coronan su cabeza de artista grande, al mismo tiempo que sencillo y humilde; por ser hijo esclarecido de esta tierra del Sur de sus amores.


Manolo Sanlúcar es un músico, por encima de todo. Un andaluz que siente y ama los aires de su tierra, que los conoce y gusta de profundizar en ellos, creando nuevas sensaciones, momentos para un concierto que lleven a todos los enamorados de la guitarra la música de su tierra. Un andaluz universal que españolea por el mundo, abrazado a su guitarra. Un pregonero de nuestra idiosincrasia, hecha manantial de un río navegado por salados sonidos. Una música enraizada en sus orígenes, en sus genes, en su playa marinera; que nace en Bajo Guía con clara vocación de universalidad y llega a todos los confines de la tierra. Una música flamenca que, como el cante jondo, es mucho más que eso, porque ahonda y profundiza, escancia y bebe, en la copa de todas las emociones, el vino dorado de los sentimientos que nacen del alma del hombre andaluz.


Este caballero de la hermosa guitarra flamenca, este sanluqueño de pro, sobrio andaluz de sonoros arpegios, brotándole de los dedos de las manos, es cabalmente todo un orgullo para sus paisanos; para sus gentes; para los que le hemos visto nacer y crecer en el arte de un instrumento que tanto nos identifica, nos retrata y nos enaltece ante el mundo. Se llama Manuel Muñoz Alcón – Manolo Sanlúcar, en los carteles, para honra y gloria de su pueblo - y ha pasado, gentil y donosamente, por el Festival de Jerez, trayendo con él a Villamarta, siguiendo sus huellas, o tal vez prendidas al mástil y a las cuerdas de su instrumento, a las caracolas de Bajo Guía, las arenas del Palmar, la fresca brisa de Bonanza; el alegre bullicio veraniego del paseo de la Calzada; el aroma embriagador de la manzanilla; los olores y sabores del pescado y el marisco sanluqueño; la dulce paz de su huerta Airola; los rumores del coto Doñana y el agua que no has de beber de ese río grande, el Guadalquivir, que es padre y madre de Andalucía, desbordado de magia y sonidos salineros; brotando como un surtidor del corazón de su guitarra enfebrecida.


Por lo de anoche, y por lo de siempre, gracias, Manolo. Felicidades, maestro. Andalucía y tú, sois así. Y así os queremos, siempre.

 

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LA RETAGUARDIA DEL FLAMENCO

Juan de la Plata

 

No se si lo he dicho alguna vez, pero hace tiempo que pienso que las peñas son algo así como las retaguardia del flamenco, las que vigilan para que nadie se desmadre y se salga del tiesto. Ese, al menos, es el papel que yo observo que tienen los peñistas, los aficionados que se reúnen, de vez en cuando, en un cuarto, más o menos grande, para escuchar y, también, para opinar sobre este o el otro artista y si ese cante es así o aquél baile se hizo como era debido.


Las peñas y sus cabales son, hoy día, los mejores conservadores de la tradición de unos cantes y bailes que tratan, por todos los medios, de que no pierdan su esencia de legitimidad; su razón de ser como música de un pueblo, el nuestro, cuyos artistas la pasean por el mundo, continuamente, desde el norte de Europa al sur de América, desde Bruselas a las antípodas. Una época de verdadero esplendor para el flamenco, que no se puede desaprovechar y eso lo saben muy bien nuestros artistas, cuando cada vez que regresan de allende nuestras fronteras, acuden a la peña de su barrio – a recargar las baterías, dicen - para tomarse la copa o para que le tomen el pulso a su arte, a ver si aun siguen sin entregarse a los atractivos cantos de sirena que, en cada esquina de sus rutas, les salen al paso.


De eso saben mucho los aficionados que militan en las peñas, esos conservatorios populares donde se cuida la retaguardia del flamenco con verdadero apasionamiento y donde se celebran estas noches del Festival de Jerez, como en ediciones anteriores, esos trasnoches de peña en peña, de rincón en rincón flamenco, sin nada más que un grupo de artistas modestos, que lo saben dar todo, entregándose en sus cantes y bailes, de forma que quienes nos visitan, estos días, en busca del embrujo de nuestro arte, puedan irse a sus lares con la experiencia de haber vivido unas noches de flamenco auténtico y en vivo, sin teatralerías más o menos convenientes.


Una docena de peñas flamencas jerezanas, abren cada noche sus puertas al Festival de Jerez, para mostrar a propios y a extraños la retaguardia del flamenco genuino, puro y casi anónimo; porque muchos de esos artistas que configuran sus cuadros están siempre por descubrir, para los que vienen de muy lejos, ansiosos de ver, no solo los espectáculos a los que un día y otro asisten, en el Villamarta, sino también para conocer, vivir y participar “in situ”, en esas reuniones de cabales y artistas más o menos modestos de nuestras peñas, en la mayoría de las cuales actúan cuadros flamencos y promesas artísticas que causan verdaderas sorpresas a los estudiosos visitantes. Aunque se trate de aficionados que solo salgan a darse una vueltecita por bulerías, con el cante y las palmas acompasadas de otros aficionados.


¡Qué bonita y hermosa labor hacen las peñas, durante todo el año, sin que apenas nos demos cuenta de ello! Y, todo, como en estos días de festival, con la mayor elegancia, cortesía y cariño, para que el visitante se encuentre verdaderamente a gusto y relajado, saboreando unas copas y asistiendo a la ceremonia nocturna y bruja del cante y baile de cada madrugada, participando en momentos mágicos y sorprendentes, llenos de jondura y flamenquería auténticas. Esa colaboración que las peñas prestan al Festival de Jerez, de forma tan entusiasta, tiene un valor incalculable.


Una colaboración que, generalmente, se traduce en fiestas de verdadero tronío, a cargo de jóvenes promesas y de veteranos aficionados, que especialmente suelen rendir pleitesía a esa señora del ritmo y del compás que aquí llamamos La Bulería. Su Majestad, La Bulería, reina de la fiesta flamenca jerezana por antonomasia, alrededor de cuya deslumbrante luz se rinden chaneladores y neófitos, atraídos por el sortilegio del soniquete que a todos anima y embriaga por igual.


Sin las peñas flamencas, abiertas en la retaguardia, el Festival de Jerez perdería mucho de su embrujo, pues no tendría continuidad, cada noche, al cerrarse las puertas del teatro. ¿Y ahora qué?, dirían quienes llegaron de lejanos países, para conocer, ver, sentir y vivir de cerca la emoción de nuestra música más singular y popular; para beber el vino de sangre de nuestra milenaria cultura gitano-andaluza. Esa que todavía, aquí, en Jerez, al menos – la Ciudad del Flamenco, no lo olvidemos -, sabemos dar a manos llenas, porque nuestras bodegas del alma las tenemos aún bien repletas de sabiduría jonda, con ritmos y sonidos que hace siglos no paran de añejarse en las viejas botas de roble del saber popular de este viejo pueblo nuestro. Ese saber popular, nacido de las entrañas del pueblo, del que dijo el poeta Manuel Machado algo así como que “encierra todo el saber: / que es saber sufrir, amar / morirse y aborrecer”.


O lo que es lo mismo la quintaesencia de la esencia de la sabiduría y del arte de un Jerez sin fronteras, cuyas peñas saben cuidar ese son, para que nunca se apague y pueda seguir siendo amado, sentido y compartido por otras gentes, otras culturas y otras generaciones. Mientras las peñas existan, existirá el flamenco verdadero y tradicional que nos legaron nuestros mayores. Ese que, en Jerez, no queremos que muera nunca. Y nosotros que lo veamos.

 

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INCREIBLE OPCIÓN A LO DIFERENTE

Juan de la Plata

 

Confieso que acudí a ver el espectáculo “Canciones, antes de una guerra”, de María Pagés, con bastante recelo y sin adivinar qué podría encontrarme. Incluso pensaba en que si me aburría, podría marcharme de la sala, antes de que terminara. Pero, no; no fue así. El espectáculo se me fue metiendo, poco a poco, en mis sentidos; me fue conquistando lentamente; hasta ganarme por completo y, al final, me vi en pie y aplaudiendo. María Pagés y sus “Canciones, antes de una guerra”, me habían ganado para su causa.


Yo creía que sería un espectáculo de baile flamenco, pero ahí también me equivoqué. Porque no se trataba de un espectáculo flamenco, en el más amplio y riguroso sentido de la palabra; ni tan siquiera de flamenco moderno, como otras veces ocurre y como me imaginaba sería, al leer el programa. Pero sí, había baile flamenco; poco, pero lo había y bien ejecutado. Pero también otras músicas, algunas de verdadero musi-hall, que también me gustan, y a las que la bailaora sevillana ha enriquecido con una sutil coreografía, en la cual percibimos, en distintos momentos, algunos ramalazos flamencos, finamente injertados en músicas muy distintas a la nuestra andaluza.


Y enseguida me di cuenta que María Pagés es una artista del baile que sabe lo que quiere; cómo hacerlo y como interpretarlo. Y a fe que ha creado un gran espectáculo, muy original – más aún, originalísimo – en el que todos los números que lo componen terminan conquistando al público, como a mi me ocurrió. Sobre todo, por su bien cuidada coreografía, además de por su música y por esas canciones que servían de motivo para los distintos bailes. Valga, como ejemplo, esa deliciosa y etérea “Nana de la cebolla”, mecida más que bailada, en solitario, mientras escuchábamos la hermosa canción con letra de Miguel Hernández. ¡Cómo se mueve esta mujer, en el escenario! Su alta, cimbreante y bien cincelada figura lo domina y lo abarca todo. Y sus brazos, no digamos…Aunque, todavía, puedan sacársele más partido; más juego en gestos, movimientos y figuras. Porque los brazos de María se nos antojan todo un mundo por desvelar y ganar para la danza. Para su danza.


La increíble opción de María Pagés a bailar diferente, la lleva por derroteros nunca transitados, con imaginación, con talento, con clase, con cierta suave fina gracia andaluza. Y, sobre todo, con originalidad, mucha originalidad; para no caer en lo trillado de siempre. Eso hace que esta inteligente mujer triunfe, lo mismo en Jerez que en la China, o en donde se lo proponga. Su flamenco de music-hall es precioso y hay que descubrirse, ante tanta imaginación. La calidad siempre hay que valorarla, se presente como se presente y esta gran señora de la danza flamenca contemporánea ya digo que sabe lo que hace, lo que quiere y cómo lo quiere hacer. Su propuesta de danza/baile es muy válida, porque en ella pone técnica y corazón, repartidos a partes iguales.


Recordando otras músicas, canciones de la posguerra que ella no conoció, pero cuya esencia sí supo valorar e interpretar, María Pagés, con su elenco artístico de la máxima altura, trajo a Villamarta un apabullante sortilegio de sensaciones, de tiernas escenas, como la nana del negrito, tan dulcemente cantada por la fabulosa cantante de color, Tsidii Le Loka, con esa voz de increíbles agudos, bajos y graves, dominando todos los registros; y el niño que le acompañaba, cantando a dúo con tantísima gracia, en una estampa que será realmente inolvidable, para los que la presenciamos.


Vaya por delante mi asombro por todo lo visto y oído en un espectáculo de music-hall, aflamencado con tan delicado encanto, y tan armoniosamente escenificado por esta inconmensurable artista que, después de lo visto y oído, la creemos capacitada para las más arriesgadas aventuras coreográficas y valientes propuestas de teatro flamenco, que nos quiera ofrecer en el futuro.


María Pagés, que ya tuvo ocasión de triunfar en Jerez, en ediciones anteriores de este Festival, con estas canciones bailadas ha ratificado, para siempre, su categoría de gran figura del actual baile flamenco y la danza contemporánea, a base de talento, audacia en los temas, mucha fantasía, inquieta inventiva en las coreografías y unas enormes ganas de hacer cosas diferentes, distintas a todo lo que podamos ver en cualquier otro espectáculo de baile flamenco al uso. Ante su arte y su talento, no hay más remedio que quitarse el sombrero. ¡Chapó, señora! .

 

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EL CAFÉ CANTANTE

Juan de la Plata

El café cantante era el lugar a donde nuestros abuelos, si eran aficionados, solían ir a escuchar cante y a ver bailar flamenco. El nombre de “café cantante” no era muy correcto que digamos, porque lo ideal hubiera sido llamar a dicho lugar, “café de cante”. Aunque, bien mirado, tampoco hubiera sido muy ortodoxo, gramaticalmente hablando. Pero el pueblo rompió a decir “café cantante” y así se quedó. Aunque por ahí, por los madriles y otros andurriales, a estos salones se les llamara, de una forma más finolis, al estilo francés de la época: “Café-concert”. O sea, el café donde se daban conciertos, fueran de flamenco o de jazz; o de lo que fuera. Porque, no hay que olvidar, sobre todo allá por los felices años veinte, que de fuera de nuestras fronteras ya empezaban a llegarnos músicas bailables, como el fox trot, el charlestón y otras novedades. Una música que también solía ofrecerse en los llamados salones de té, a los que iba la clase más adinerada.


Y es curioso observar que, en el mismo lugar que hoy ocupa el Villamarta, no solo hubo un gran café cantante, antes de que se edificara el teatro, sino que también hubo un salón de te, con entrada por la calle Medina, una vez que éste se hubo construido y abierto al público el 11 de febrero de 1928. Este salón de té, situado en los bajos del Villamarta, donde hoy están las oficinas de la calle Medina, número 2, se llamaba “Ideal Room” y se abrió al público un año después que lo hiciera el teatro y según un anuncio de la época, estaba “abierto todos los días, de 11 de la mañana a 5 de la tarde” y “desde esta hora a las 10 de la noche, Te-Danzant”. Lo de “té-danzant” ya nos da idea de lo cursis que debían ser sus propietarios, porque con este modismo extranjero ya daban a entender qué clase de clientela querían buscarse.


Aquí actuaba, casi siempre, una orquestina de músicos negros, que se anunciaba así: “gran orquestina excéntrica de músicos negros que recorre España: Uncle Sam Jazz. Desde las 6 tarde a 10 noche, gran concierto y sesión de Té-Danzant, con derecho de admisión reservado. Todos los días, de 12 a 2 sesión vermouth. Por la noche, de 11 a 1, gran concierto de bailes por la misma orquesta de negros”.


Este era el horario de invierno, porque en llegando mayo, el salón de te cambiaba de espectáculo y de horario, según la publicidad que entonces insertaba en el DIARIO DE JEREZ de la época, cambiando la orquesta de negros por un cuarteto de músicos de la tierra. Así aparecía en un anuncio inserto el 19 de mayo de 1929: “Gran Kursaal Internacional, con elegantes señoritas, españolas y extranjeras. Sesiones vermouth, jueves y sábados, domingos y días de fiesta, de siete a nueve y media de la noche. Todos los días, desde las diez a las cuatro de la mañana, Gran Cuarteto Xerez”.


Aunque, claro, como algunos decían, ya aquello, de noche, dejaba de ser un salón de té, para convertirse, más bien, en un cabaret.
Pero vayamos al café cantante de la “Veracruz” que era como se llamaba el gran café del célebre cantaor Juan Junquera, que existió durante algunos años en el semi derruido ex convento de la Veracruz, que estaba exactamente en el mismo lugar sobre cuyo solar, una vez totalmente derribado, se levantaría el teatro, compartiendo los claustros y naves conventuales con el célebre aserradero y almacén de maderas de Ramos-Catalina, empresa centenaria que aún hoy día existe, en otra zona de nuestra ciudad.
El Café-Teatro de la Veracruz, tomaba su nombre del extinto monasterio franciscano, que se construyó en el siglo XVI; y en él tuvo oratorio, hospital e iglesia, la antigua hermandad de penitencia de la Santa Vera Cruz que, anexa al convento, edificó una hermosa capilla dedicada a su titular Nuestra Señora de las Lágrimas, cuyo retablo mayor había sido costeado por el duque de Veragua, almirante de la Real Armada. Uno y otro templo fueron derribados en 1868 por orden de la Junta Revolucionaria; siendo la Veracruz de arquitectura greco-romana y de muy bellas proporciones.


En lo que quedó en pie del ruinoso convento se instaló el aserradero y, ocupando una zona algo más noble del mismo, el Café-Teatro de la Veracruz, que pasaría a convertirse en Café Cantante, cuando se hizo cargo del mismo el célebre cantaor Juan Junquera, que fue quien lo explotó durante años, ofreciendo el cante y el baile de los mejores artistas de finales del XIX y comienzos del siglo XX. Así es que, sobre el solar de Villamarta, ya hubo teatro en el XIX y también cante y baile flamenco del bueno. Y, después de levantado el teatro por el arquitecto vasco Teodoro Anasagasti, a partir de 1929, en el salón de té, o “té-danzant”, con entrada por calle Medina 2, se bailaría el foxtrot, el charleston y otros bailes de moda, y una orquestina de negros haría diabluras con sus instrumentos tocando las más populares piezas de jazz.


Pero el Café Cantante de la Veracruz – hoy, Villamarta – no sería el único que existió en nuestra Jerez, ciudad del flamenco por antonomasia, sino que también tuvimos el café-teatro del Conde, en la plaza del Arenal, en un edificio que todavía existe, y otros más, en distintos sitios de la población, como La Primerra de Jerez, en calle Doña Blanca y el Café Teatro y Cantante de comienzos del XX, llamado “Salón Variedades”, en la calle de las Bodegas, tras el Villamarta.


Todos esos cafés cantantes, son evocados estas noches del festival, renacen, reabren sus puertas y salones de espejos con luz de gas, en la hermosa bodega “Los Apóstoles” de González Byass, donde tiene su asiento la guitarra mora y el piano, y el cante más intimo, junto al baile majestuoso de la gran Matilde Coral, señora del mantón y la bata de cola, digna de haber bailado en el “Veracruz” o en la “Primera de Jerez”, donde cantara la divina Pastora, la de los famosos peines de canela.

 

 

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EL BAILE BISEXUAL

Juan de la Plata

Esto de que los hombres bailen con bata de cola no es ninguna novedad. Ya creo que lo hizo Canales, hace algunos años. ¿No bailan las mujeres con pantalón, desde Carmen Amaya para acá? Pues entonces, ¿a qué extrañarnos? Incluso día llegará en que todos los bailes de hombre se hagan con bata de cola y con pantalón los de mujer. Si los tiempos cambian, también el baile. Demasiado tiempo hicimos sufrir a muchos bailarines mariquitas, de las antiguas compañías de baile, haciéndoles bailar con pantalón, chaleco y chaquetilla; cuando a ellos lo que les iba, en el fondo, era la bata de cola. En cambio, a estos bailaores de ahora, únicamente les falta el zapato de tacón femenino, para que la cosa quede más completa. Pero todo se andará, no crean. Lo del mantón, también.


Uno, que ha visto muchas cosas raras sobre un escenario, ya no se espanta de nada. Las bailaoras/bailarinas y los bailaores/bailarines, con tal de innovar, no se detienen ante nada. La cuestión es ver quien hace las coreografías más insólitas. No, las mejores y las más bonitas, sino las más rebuscadas, absurdas y complicadas.


Pero eso no es lo más sorprendente, sino el baile, en sí mismo. Porque las bulerías que nos enjaretan por la cara, las farrucas, la soleá y otros engaños y camelos, al uso, ya nada tienen de flamenco. Especialmente, porque todo se les va en zapatear, y siempre zapatean lo mismo. Da igual que sea un baile u otro. Todos tienen los mismos movimientos y todos suenan igual. Y no digamos nada de los gestos y actitudes del tronco de la persona que baila, pues cada día vemos que la mujer se parece más al hombre y el hombre a la mujer. La acción de los brazos y las manos, las posiciones básicas, las posturas, reflejan el cambio de roles. Ya no hay mujer que baile con los ojos, ni con la sonrisa en los labios; porque el baile se está también robotizando. Ellas y ellos, entran y salen en escena, como verdaderos fantasmas.


Antes se definía el baile según cada sexo, por separado. Baile de hombre, baile de mujer. El hombre, a zapatear, a bailar manteniendo una actitud seria, hierática, girando las muñecas de dentro a fuera, con los dedos juntos. La mujer, separando los dedos, proyectándolos en todas direcciones, con flexibilidad y con rotaciones de fuera a dentro. Y, sobre todo, impregnando sus movimientos de gracia femenina, tanto los ondulatorios, a base de balanceo o vaivén, como los convulsivos y de torsión, que afectan lo mismo a todo el cuerpo, cabeza y miembros, en la mujer; como a la parte superior del cuerpo y a la cabeza en el hombre. Al menos, así es como lo entendían las antiguas maestras y maestros, desde La Quica a Angelita Gómez, y desde Vicente Escudero a Antonio Gades, por citar únicamente a dos de cada sexo, entre los más grandes.


Pero ahora nos damos cuenta que ya esas reglas, las viejas normas que han venido imperando en las academias y escuelas de baile, ya no nos sirven. Sencillamente porque hay quien ya no quiere que se siga bailando así, porque le aburre, y entonces se inventa las más enrevesadas coreografías. Bailar por soleá, por ejemplo, todo el mundo no puede hacerlo como El Güito, pongamos por caso; pero si hay talento, se puede hacer una soleá distinta, con una coreografía que no se le parezca, pero que, en pasos y en sonido, en movimientos más o menos iguales, siga siendo soleá. Será en ese caso, la soleá de fulano o de fulana, pero soleá, en definitiva. No una soleá que no suene a soleá, ni se parezca lo más mínimo a lo que debe ser una soleá. Porque, en ese caso, será otra cosa y nunca una soleá. No sé si me explico…


Por lo tanto, cuando el hombre baila como mujer, y la mujer zapatea, se mueve y adopta actitudes de hombre, aunque nos digan que esa es otra mirada, otra visión, y la libertad de expresar un concepto distinto del baile, tenemos que decir los que asistimos a tamaño desaguisado que ese baile es bisexual, que no tiene sexo, y que está adoptando roles inversos, papeles cambiados. Y ya pasamos al terreno de la confusión, que es lo mismo que pasa hoy con el cante; que no es ni fu, ni fá; o sea cualquier cosa, menos cante jondo, flamenco. Y sobre esto, debemos decir que no somos de los puristas a priori, para los que todo lo que no sea clásico no vale. Al contrario. Lo mismo en cante, que en baile y en toque, nosotros estamos por la renovación de los viejos cánones, por la revolución del flamenco, si hace falta. ¡Ojalá salga alguien que sea un verdadero creador – o creadora - y no un simple imitador de sus maestros! Alguien “que se salga de la reglita – como pedía el llorado Fernando Quiñones – para seguirla mejor”.


Pero, señores, seamos serios, seamos rigurosos, y hagámoslo con calidad, con categoría, con inteligencia. Que lo que se cree, como nuevo, sirva para mejorar, para enriquecer este arte, tan viejo y tan nuestro, de todos los andaluces, si se quiere hacer distinto. Porque si no sabemos hacerlo, es mejor dejarlo como está, ya que lo que no podemos hacer con el flamenco es rebajarlo de nivel; empobrecerlo, empequeñecerlo, abaratarlo, tirarlo por tierra, con innovaciones torpes y confusas, que no valen nada, ni sirven para elevarlo a más altas cimas. Menospreciando, de paso, sin saberlo, todo lo mucho y bueno que los grandes maestros del cante, del baile y de la guitarra hicieron, en su tiempo, con verdadero talento, afición y cariño por nuestra música más universal.


Porque, de seguir así, al final, cantaores, bailaoras, bailaores y guitarristas, sin clase y sin talento, se cargarán la gallina de los huevos de oro. Precisamente, cuando ahora, en nuestros días, más que nunca - y el Festival de Jerez es una prueba de ello -, esos huevos sí que son de oro de verdad y no una simple metáfora.

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CANTES VIEJOS Y CANTES NUEVOS

Juan de la Plata


Escuchando cantar la otra noche, en Villamarta, a mi querido y admirado José Mercé, y viendo con la facilidad que interpretaba lo mismo el cante viejo de toda la vida, el de nosotros los jerezanos, el que todavía se hace en La Plazuela y Santiago, en las peñas y en los tabancos, y luego ese cante nuevo que también ejecuta, para sus muchas y muchos fans, pensaba yo que si el cante clásico, el jondo y tradicional, tuviera más demanda por parte de los aficionados que compran discos y acuden al teatro, el bueno de José no se hubiera visto jamás en la tesitura de cantar ni aire, ni viento, ni lío, ni eso nuevo del foagrá, ni fú, ni fá, que acaba de sacar y anda promocionando con los teatros abarrotados de público. Porque yo estoy seguro que este gran artista de Santiago, igual los seguiría llenando, cantara lo que cantara y como lo cantara. Y que si, algún día, dice se acabó y vuelve a los cantes de su sangre, también los abarrotaría. Porque el misterio de José está en que tiene mucho gancho para el público, posee verdadero carisma de gran artista, y eso es lo que a la gente le atrae, cante lo que le apetezca cantar; viejo o nuevo.


En la figura de José Mercé se dan las dos caras de una misma moneda de muchos quilates. Las dos vertientes musicales de un mismo artista, que tiene una voz apta para lo ortodoxo y para lo heterodoxo; para lo puro, para el cante que mamó con la leche materna y lleva en sus venas, desde que nació, y para el que le da de comer todos los días. Ese es el misterio, ya digo, de su éxito, por donde quiera que va; su carisma.


José Mercé lo mismo se sienta, en solitario, junto a la guitarra genial de Moraíto, para cantar por malagueñas, seguiriyas, soleá y todo lo demás, que se pone su camisa rosa, para entusiasmar a quienes quieren sus temas comerciales. ¡Como si el cante verdadero no pudiera ser comercial y venderse al mismo precio! Saliendo de la garganta y del corazón de José, yo estoy convencido que sí. Y eso es lo que el bueno de Mercé yo estoy convencido que intentará algún día. Cuando le apetezca. Cuando quiera darse cuenta de que él es tan gran figura del flamenco ortodoxo como del heterodoxo. Sencillamente, porque de no hacerlo sería malograrse, para la historia del flamenco; siendo él, uno de los más grandes.


Porque si su cante moderno requiere letras nuevas y frescas, que son los temas que le agradan al público menos aficionado, ¿quién ha dicho que el cante viejo no puede refrescarse con letras nuevas, para que no sean siempre las mismas? Estamos en el siglo XXI y está bien que al cante se le adapten nuevas letras. Letras modernas, sobre problemas de nuestro tiempo. Porque si una cosa muy buena tiene el cante flamenco es que en sus diversos registros sonoros entran perfectamente todo tipo de letras, basadas siempre en los grandes temas que durante siglos han imperado en la filosofía de nuestros cantes: el amor, la soledad, la muerte y todo lo demás. Porque, como decía Caracol, “hasta un avión, puede entrar por bulerías”. Y lo demostraba, cantando.


Será cuestión, únicamente, de encontrar al hombre, al poeta – los hay muy buenos - que sepa escribir esas coplas nuevas, para cantar con música vieja. ¿Y quien dice que la tragedia de las pateras y de los pobres clandestinos, que entran sin papeles, no se puede también denunciar por seguiriyas, que es el cante de los grandes dramas humanos, del hambre, de las injusticias y la miseria?
Que lo que hay que actualizar son las letras, señores, las letras. Y si se quiere, se sabe y se tiene buen oído, también la música. Pero sin perder nunca el compás que Dios le dio a esta bendita tierra. Y, sobre todo, sin que tampoco se pierda el buen gusto. Porque en el flamenco antiguo, clásico o tradicional - como ustedes quieran llamarlo – no existe ni una sola letra que sea chabacana, ni vulgar. Todas encierran una gran filosofía y, como se ha dicho muchas veces, están escritas de tal modo que parecen pequeños poemas. Coplas que compuso el pueblo y también crearon los grandes maestros del cante, que adaptaron a sus letras sus sentimientos más íntimos, sus vivencias y sus problemas, incluso los sociales -. ahí están, como ejemplo perenne, los cantes de las minas - y muchas veces, hasta sus propios sufrimientos.


¿O es que a los cantaores de ahora ya no les pasa nada que sea digno de ser cantado? Porque como seres humanos que son, también tendrán sus problemas, sus penas y alegrías, sus dolores y sus fatigas. Y si quieren ser solidarios, hasta pueden cantar las fatigas ajenas, las injusticias sociales, denunciar las guerras, el terrorismo, la marginación, el maltrato a la mujer y a los menores, el racismo y la xenofobia. Todo, absolutamente todo lo que hoy ocurre en nuestro mundo y en nuestra sociedad, puede tener su reflejo en las coplas flamencas. Todo puede ser cantado. Y si se quiere hacer un cante festero, un divertimento por tangos, por alegrías o por bulerías, pues tampoco faltarán motivos. Será siempre, cuestión de gracia y de ingenio.


Como digo, el cante de ayer, puede ser también, si se quiere, el cante de hoy; el cante viejo se puede trocar en nuevo ¿Por qué no? Pero sin vulgaridades; escrito y dicho con buen gusto. Aunque, los cantes de ayer y de siempre, esos nunca quedan anticuados, porque sus temas son eternos, si se les tiene cariño y se quieren recordar las letras y los estilos de viejos maestros, como José Mercé hizo la otra noche, cantando muy bien coplas que, en su día, inmortalizaran Manuel Torre, El Mellizo y otros.


Yo, desde luego, confieso que me quedo con el cante viejo, que ni me da sueño, ni me resulta monótono, y que es el que más me duele. Aunque entienda que a la gente joven la pueda volver loca el nuevo. Hay público, afortunadamente, para todos los gustos. Pero los viejos aficionados, como yo, no tendremos más remedio que esperar a que nuestro querido José grabe esa prometida gran antología del cante puro, de la que viene hablando hace tiempo, y que yo le sugiero haga con letras actuales, para poder quedarnos, entonces, con lo mejor de su arte. Sería para él su mayor triunfo profesional y el que le puede abrir nuevos caminos artísticos a su brillante carrera de cantaor, sin necesidad de tener que ir, por ello, al infierno.

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LOS REYES DEL BAILE

Juan de la Plata

 

La noche del viernes, desafiando al gélido frío, allá que nos encaminamos hacia el café cantante de “Los Apóstoles”, en las famosas bodegas de González Byass, donde, desde hace años, tengo el privilegio de ser recibido como en mi propia casa, para hacer honor a la amable invitación que me hicieran, mis buenos amigos Matilde Coral y Chano Lobato, para asistir a su gratísima reunión flamenca, muy bien presentada por el escritor, y curioso investigador de hemerotecas, José Luis Ortiz Nuevo.


Yo iba dispuesto a escuchar las bromas y las veras de la enjundiosa y amena charla de Chano y de Matilde, pero, sobre todo, iba dispuesto a presenciar, en el momento más inesperado, un baile único y sorprendente que, nadie, salvo yo, sabía a quién iba a ser dedicado, desde un día antes de que la gran maestra del baile lo interpretase. Y con esa confidencia de mi admirada y querida Matilde, reina y señora del baile flamenco, tuve la suerte de asistir a un momento, a una noche de las que no se pueden olvidar jamás, como bien decía una amiga acompañante, Pepa la de Enrique, que no cesaba de decir, una y otra vez, que esa del café cantante, el viernes por la noche, entrando ya en la madrugada, era una noche verdaderamente histórica, porque eran dos grandes y geniales artistas los que estaban sobre el tablao del improvisado café – en el que, cosa curiosa, el café no sabía a café, sino, a Tio Pepe, el vino más flamenco del mundo, que por algo lleva siempre una guitarra de la mano – y que ese encuentro iba a ser irrepetible porque, además, cuando menos lo esperábamos, tuvimos la suerte de que subiera al tablao, junto a la gran Matilde, su esposo, uno de los pocos bailaores puros que van quedando, Rafael el Negro, que hizo un baile lleno de silencios, sin zapateados, ni percusiones al uso de los jóvenes de hoy; con marchosería, con señorío, con clase y mucho paladar, para dar y tomar. Un baile de los que ya no se ven, desde que Rafael se retiró, obligado por una enfermedad.


Los reyes del baile flamenco de toda una generación estaban dando, juntos, quizás la penúltima la lección magistral de sus vidas, vividas para el baile, a cientos de alumnas y aficionados que asistían boquiabiertos al insólito y sorprendente espectáculo de la verdad de un baile único, lleno de olorosas esencias, de majestuosidad, de elegancia, de gracia espontánea y auténtica solera. La solera del baile. Y nada menos, que en la bodega de las mejores soleras del vino de Jerez. Solera vieja del movimiento armonioso y acompasado, mecido por el cante y la guitarra, junto a las más añejas y dormidas soleras vinícolas, que despertaban de su letargo de siglos, para aplaudir, desde los grandes toneles del Cristo y los doce discípulos, el baile insólito de los últimos reyes de la fiesta, al que también se agregaría otro maestro del bien bailar, el granadino Manolete. Arte puro, improvisado, de los tres señores de la milenaria danza flamenca, sin más ceremonia que la de la entrega amorosa y cabal a lo que se ama de toda la vida.


Y resplandeciendo, entre los dos varones, entre Rafael y Manolete, la reina del mejor braceo, la emperaora del flamenco mantón, agitado en revuelo de espectaculares movimientos, cual adorno, flor y canela, esencia de olorosos jazmines de los jardines de Sevilla, en una noche de lujo y tronío, entre las hieráticas columnas y los bodegueros faroles del improvisado café cantante de “Los Apóstoles” de González Byass; mientras el vino fino de la casa era escanciado en hermosas copas jerezanas y Matilde Coral, reina y señora del más genuíno baile de Andalucía, dejaba perder entre los corales de sus manos y las escobillas de sus pies, los años que le sobraban y que no le estorban, para seguir reinando en su baile, con el señorío que Dios le dio, para dar y regalar a manos llenas, con la elegancia natural de las más grandes artistas; que por algo, hace años que posee, muy bien concedida, la primera y única llave del baile que se ha dado en toda la historia del flamenco.


Matilde Coral, elevada en el aire de los sueños y de los recuerdos de viejos tiempos, por el cante lleno de gracia de un magistral Chano Lobato, bailando entre dos reyes del mejor baile varonil, mostraba sin aspavientos, con sencillez y elegancia, desde las gradas de su trono, la majestad de un baile que se está perdiendo, que se nos está yendo de las manos, que nos lo están arrebatando y cambiando por una mal entendida modernidad, por un querer y no poder de quienes innovan y tratan no de mejorar lo mejorable, sino de borrar lo poco y bueno que nos han dejado las anteriores generaciones del baile flameante y emblemático de un arte único, que estos genios de la danza se llevarán a la tierra, para siempre, sin que nadie pueda evitarlo


Sí, noche inolvidable, noche histórica, para el recuerdo de los que la vivimos, con la emoción de lo verdadero, sin trampa ni cartón. Sin “ojaneta”, que diría un flamenco de Santiago. La maestría de Chano, el mejor decidor de los cantes de Cádiz, desde hace mucho tiempo; el baile de la mejor escuela sevillana, que a trancas y barrancas mantiene y enseña, de la maestra Matilde Coral y el baile macho, varonil, sin aspavientos, serio y digno, de Rafael el Negro y Manolete; hicieron el milagro de que, por una noche, renaciera la pureza y resplandeciera la verdad, en el café cantante de “Los Apóstoles” que evocaba a los históricos de la Veracruz, al del Conde y a la Primera de Jerez de viejos tiempos.


Entre las soleras centenarias de los mejores vinos del mundo, pudimos contemplar y aplaudir, en una noche que quedará para la historia, la solera milenaria de su majestad el baile flamenco, vivo y en persona; reencarnado en cuerpo y alma, corazón y manos de una mujer irrepetible, y en los varoniles gestos de dos hombres, convocados por la voz rota del mejor cante gaditano. Gracias, maestros. Que Dios os lo premie.¡Y ojalá vuestro arte tenga herederos, para que no se pierda jamás, para deleite de esta y futuras generaciones!.

 

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SE LLAMA MERCEDES Y ES DE JEREZ

Juan de la Plata

 

Me acordaba yo, viendo bailar a esta niña jerezana, de una vieja canción andaluza, que se premió aquí, hace muchos años, titulada “Nardo con bata de cola”; porque eso era, realmente, lo que parecía esta muchacha de frágil cintura de blanca liliácea, de esbelto y sencillo talle, cuyas hojas radicales fueran sus brazos, moviéndose sobre el escenario del Villamarta, viéndola bailar por alegrías, con esa gracia, con ese empaque y esa soltura de movimientos, tal si fuera un oloroso nardo que perfumara todo el teatro con la finura y la elegancia de su braceo, de sus caderas, de sus manos y escorzos. Y una sonrisa, como la que exhibía Antonia Mercé “La Argentina”, cuando bailaba.. Nardo con bata de cola, enredándose y desenredándose, yendo y viniendo de un lado para otro, airosamente, al leve murmullo de sus pies, como si fuera espuma del mar de Cádiz, batiendo su blanco oleaje contra la figura serena y armoniosa de esta joven y ya gran bailaora que se llama Mercedes y es de Jerez.


Mercedes Ruiz, señorita del aire, flor y canela, aroma de los jardines jerezanos, vara de nardo del dulce cimbreo y nueva luz del baile de esta tierra que la vio nacer, que ha venido al Festival de Jerez con su primera compañía, con su primer espectáculo, con airosos gestos de mujer; y ha triunfado plenamente, apoteósicamente, con toda justicia; sola y exclusivamente a base de su saber estar y de su saber hacer los bailes, por derecho y con propia personalidad, sin alharacas ni excesos; con justeza y medida exacta de los tiempos, del ritmo y del compás.


La coreografía de su baile es sencilla y sin rebuscamientos; actual y tradicional, al mismo tiempo; sin buscar efectos de relumbrón para la galería; tan solo el baile por el baile verdadero; saliéndole a éste al encuentro por las veredas y caminos que siempre llevaron a una bailaora a la cumbre de las elegidas.


Se llama Mercedes y es de Jerez. Es de Jerez y se llama Mercedes. Como la morena Patrona, la Reina y Señora Santa María de la Merced; la que vive en el santuario mercedario de los aledaños de Santiago; a la que todos los años, por septiembre, se le rinden a su paso todos los nardos de los jardines jerezanos. Y un nardo más, pero con bata de cola, es esta bailaora que viene abriéndose a la danza, con gesto decidido y afán de conquistar a todos los públicos. Porque aquí hay una bailaora de las de verdad, de las que salen a bailar por derecho y sin engaños; sin camelos de modernismos mal entendidos, huecos y vacíos de contenido; una bailaora muy joven que trae nuevos aromas y fragancias de nardos, en sus brazos y en sus manos, en su pelo y en su juncal figura de mimbre; dispuesta a abrirse camino entre las mejores, siempre por el mejor sendero que pueda llevarla a la más alta cima de las grandes diosas del baile jondo y flamenco.


Porque Mercedes Ruiz ama de verdad el baile, no se vale del baile para engañar y dar gato por liebre. Busca la serenidad de los movimientos, la armonía del conjunto, la gallardía de la figura. Siempre como vara de nardo. Y es sobria en todo su quehacer; sin abusar jamás de los zapateados. Y, sobre todo, y por encima de todo, siendo su baile tan fresco y tan actual, no baila como un hombre, sino como una delicada y dulce mujer, muy femenina y muy juvenil al mismo tiempo; en todos sus movimientos, posturas y pasos; salada claridad por alegrías; alada rondeña del tajo y luto del taranto; flor de romance del mejor baile contemporáneo y, al mismo tiempo, eterno, por cabal y auténtico, nacido de las propias entrañas de su ser de criatura privilegiada, nacida para bailar.


Se llama Mercedes Ruiz, y es de Jerez; nardo con bata de cola; espuma de la bahía de Cádiz besándole los pies. Una mujer bella y jerezana que baila como no hay dos, con todo el arte del mundo; maravilla de las maravillas; dispuesta a conquistar la gloria de las más grandes. Ante esta joven mujer se abre un luminoso camino de éxitos; todo un grandioso porvenir artístico, como profesional del mejor baile; un fulgurante futuro de triunfos que nosotros vaticinamos la van a llevar a ser aplaudida por los públicos de los más grandes teatros.


Y, a su lado, como una revelación, un joven bailaor, desconocido en Jerez, hasta ahora, llamado Marco Flores, mimbre de río, junco de ribera, estampa de bailaor antiguo, bailando el más genial martinete que jamás hayamos visto interpretar, desde que lo inventara el divino Antonio, bajo los puentes de Ronda.


Si Mercedes es de Jerez, Marco es de Arcos; de la tierra de la peña; donde los alcaravanes le hablan de tú a los poetas y los villancicos más hermosos resuenan en las noches navideñas, bajo las estrellas de uno de los pueblos más bonitos del mundo, desde el que se puede alcanzar el mismísimo cielo. Y de ahí, a la gloria artística, apenas hay un paso para este Marco Flores, bailaor de temperamento y sobrias maneras, viril y recio en el desplante y en los gestos; que tiene también, ante sí, una brillante carrera artística y que, de momento, nos resulta una pareja perfecta para esa preciosa figura de mujer que se llama Mercedes y es de Jerez; la ciudad que se ha rendido a los pies de ambos, en una noche gloriosa, con el público que abarrotaba el teatro Villamarta levantado de sus asientos, aclamándoles y aplaudiéndoles a rabiar, con todo merecimiento. Y a fe que no hacen mala liga el nardo con el junco, porque ambos han nacido y han crecido, han aprendido a bailar y bailan, en una tierra que baña las mismas aguas de un río que los árabes bautizaron como río del olvido. Aunque a ellos, jamás se les olvidará esta noche de triunfo en el IX Festival de Jerez. Un triunfo que les consagra definitivamente, para siempre, como grandes bailaores de raza.

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UN TEMA POCO FLAMENCO

Juan de la Plata

 

La verdad es que ya uno iba con la mosca detrás de la oreja, al asistir al espectáculo titulado con el legendario nombre de “Espartaco”. Pero mucho más, cuando uno pudo comprobar, en el programa de manos, que dicho espectáculo iba a ser representado por un denominado “Ballet Flamenco”. Y uno se preguntaba, sin encontrar respuesta, ¿qué tendrá que ver el ballet, y más si es flamenco, con la vida de aquél héroe de los oprimidos que tanto que hacer le dio a la Roma de su tiempo? Y, por más que lo intentaba, la respuesta no se nos aparecía, nada clara.


Luego, sobre la marcha, una vez levantado el telón, pudimos ir comprobando, paso a paso, escena a escena, que la respuesta jamás la encontraríamos, sencillamente porque la vida de Espartaco, era un tema muy poco adecuado para ser bailado por un ballet que se dice flamenco. Aunque el flamenco de dicho ballet, apenas si apareció ni por un momento; porque aquello era una pelea constante, un enfrentamiento de fuerzas, un choque de gigantes, que nada tiene que ver con el baile flamenco, ni con la danza tan siquiera, sea del género que sea y se llame como se llame.


El flamenco es otra cosa, es vuelo de pájaro, es sentimiento alado, es la libertad exaltada, la inquieta búsqueda de la felicidad por los caminos del aire. No guardias y golpes, rejas y muros, desesperación y llanto. Todo lo contrario. Paz y armonía.
Por eso se hizo tan pesada la atmósfera, desde el primer momento en que comenzaba la acción de esta fantasía de teatro de danza, que a uno le recordaba otro espectáculo parecido, al calderoniano drama de Segismundo, en “La vida es sueño”, de hace algunos años, sobre este mismo escenario. Nada original, por lo tanto. Lo mismo se podía haber representado el mito de Hércules. Todo ello, basado en la talla vigorosa figura del titular de la compañía, poco acorde con la de la mayoría de las primeras figuras del baile, que conocemos.


“Espartaco” no deja de ser una fantasía, mejor o peor ideada, acertada o no, para su representación en clave de danza; y, si se quiere, muy válida para ser llevada al teatro; pero para otra clase de propuesta escénica; no para pasarla por el tamíz y los matices de un ballet flamenco, donde no encaja en absoluto. Al menos, en la forma en que el guión se desarrolla. Otra cosa es la coreografía, que eso es otra cuestión. Lo cierto es que a la gente no le gustó, aunque aplaudiera educadamente, en algunos momentos, más que nada para compensar la paliza que los bailarines/actores se pegaban en cada refriega de la historia, adaptada a nuestro tiempo.


La filosofía del espectáculo se basa en la rebeldía del ser humano, que vive su existencia con mayor intensidad que el que no lo es. Y esa lucha permanente contra todo poder se convierte en tragedia, que acaba aniquilándole. No obstante, y aunque se intenta dar una pincelada de color andaluz a dicha tragedia, dejando oir fragmentos de dos viejas canciones, en una gramola, y la aparición en escena de una preciosa figura de bailaora, de ahí no pasa la cosa, amén de algún que otro atisbo de zapateado, sin regla ni compás, que intente justificar lo de “ballet flamenco”, porque no lo es. Así de claro y de sumple..


Y ahí es donde nosotros creemos que radica el único y gran error de este espectáculo: en hacerlo pasar por flamenco, cuando nada tiene de él, ni tan siquiera que se le parezca. Si la palabra flamenco no apareciera en el programa de manos, no habría nada que objetar. Cada cual es muy libre de montar un espectáculo de lo que le venga en gana y como quiera realizarlo, con más o menos calidad, que eso es otra cosa que aquí no discutimos, porque creemos que cada cual desempeña su papel de la mejor manera posible, con arreglo al guión preestablecido.


Volvemos a decirlo: al flamenco no le va ese tipo de baile duro; esa danza apretada, angustiosa y violenta de los presos y los guardias. El baile flamenco es otra cosa y los señores de este ballet bien que lo deben saber porque son profesionales. Esta fantasía teatral podía haber dado mucho más juego, encajándola, enmarcándola, montándola y sirviéndola en otro sistema de danza, en otra coreografía más conveniente y acertada, con arreglo al argumento y a la historia que se trata de contar, contra la que no tenemos, por supuesto, nada que objetar, aunque el público no la entendiera demasiado y la sintiera, sobre si, como una gruesa y pesada losa.
Lo mejor, su brevedad, indiscutible. Especialmente, porque ya estábamos todos casi a punto de un atracón de tedio, de soñolencia y asfixia; del que pudimos salvarnos al encenderse las luces y abrírsenos las puertas del teatro, para volver a respirar aire puro y escapar, así, a la vida real.

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RECONOCIMIENTO A LOS MAESTROS

Juan de la Plata

 

Siempre me ha llamado la atención la devoción, el respeto y la gratitud que los más grandes profesionales del baile tienen siempre para con sus maestros. Esa veneración la ponía la otra noche de manifiesto, José de Udaeta, el último premio de la Crítica del Festival de Jerez, cuando decía a boca llena, “si no fuera por mis maestros, yo no estaría hoy aquí”. Y lo decía un artista que cuenta 86 años de edad. Su maestra, la que le enseñó casi todo lo que sabe fue la sevillana “La Quica”. Y también el jerezano “Estampío”. Y de ninguno de los dos se ha olvidado, pese al tiempo transcurrido.
Y lo mismo ocurre con nuestra Angelita Gómez¸ que siempre habla bien de sus maestras, al igual que de sus profesores; y entre estos no se olvida de Sebastián Núñez que fue quien primero la sacó a bailar en público, poniendo a su lado, cantaores ya veteranos como Juan Acosta, El Carbonero y otros, para que se fuera soltando como artista.
Los profesores de los cursos del Festival de Jerez, por lo general, son todos maestros y se sobreentiende que lo que enseñan es lo que ellos han bailado antes, cuando estaban en activo, como bailaores. Esos maestros son, además, grandes coreógrafos. Así es que, por el lado de la enseñanza, no cabe duda que los cursos de cada edición, son inmejorables, porque el festival suele traer a Jerez siempre a los mismos, porque son indudablemente los mejores. Aunque algunos sean aún muy jóvenes, para ejercer la enseñanza, y que si de profesores están es porque méritos reconocidos tendrán para ello.
Pero la mayoría, gozan ya de un prestigioso nombre, labrado a fuerza de años y de tesón en un arte que han practicado, en escenarios, tablaos, ventas, peñas y festivales. Solo repasar los nombres de estas maestras y profesores, ya nos trae infinidad de recuerdos, porque a unos los conocimos, viéndoles actuar en primeras compañías, o en grandes ballets, y a otros los vimos actuar en tal o cual festival, o en un sonado tablao de postín, junto a viejos maestros del cante y de la guitarra.
Las maestras de los cursos del área formativa de este IX Festival de Jerez, han sido la cordobesa Inmaculada Aguilar, catedrática de danza española, quien enseña la soleá y también el baile de la caña; que ya casi nadie hace hoy y que conviene recordar; como los jaleos extremeños, que se aprenden de la mano de una veterana aunque aún muy joven maestra, como es Isabelita Bayón, a la que nosotros vimos bailar, más de una vez, como niña prodigio, allá por los setenta y los ochenta.
Por su parte, la jerezana Irene Carrasco, introduce a sus alumnos en el baile por alegrías, después de haber bailado por esos mundos con Morao y con Paco Cepero, respectivamente; y es Rafaela Carrasco, sevillana ella, enseñante de la técnica y el estilo de la caña; siendo Merche Esmeralda, otro gran puntal de este claustro de grandes maestras del festival jerezano, impartiendo estilo y coreografía del taranto, el baile que dicen creó nuestra paisana Rosa Durán, primera figura que fuera del mítico tablao madrileño “Zambra”. Y es otra joven profesora, con larga experiencia profesional, María José Franco, de Cádiz, la que ha enseñado los bailes por alegrías y por tangos. También enseña tangos y seguiriyas, la jerezana María del Mar Moreno, mientras que Belén Maya, imparte estilo y coreografía de este mismo baile. Y otra notable veterana, como la madrileña Victoria Eugenia, que es la única maestra que ha enseñado en estos cursos la técnica del acompañamiento con palillos del baile por seguiriya, como nosotros lo vimos hacer, hace años, más de una vez. No hubiera sido mala cosa, aprovechando la estancia en Jerez del maestro José de Udaeta, haber conseguido del mismo que diera también otro curso de castañuelas de concierto.
La bailaora cordobesa, Blanca del Rey, enseñó el estilo y la coreografía del baile por alegrías; mientras que nuestra jovencísima Mercedes Ruiz se dedicó al precioso y poco interpretado baile de la petenera; y Matilde, la gran Matilde Coral y su hija Rocío Coral, que dirigen en Triana un centro superior de danza, donde se conserva y enseña la tradicional escuela sevillana del baile, han explicado la técnica y el estilo de la malagueña con fandango abandolao y su gran especialidad, el estilo y coreografía del baile con bata de cola: las cantiñas.
Todo eso está muy bien, dirán algunos, pero ¿quien ha enseñado las bulerías de Jerez? Pues nada menos que la entrañable maestra jerezana, Angelita Gómez, junto a otra gran maestra jerezana, como es Ana María López, y la joven Mercedes Ruiz. Ellas conocen, como nadie este baile tan emblemáticamente nuestro. Y Angelita, además, como una asignatura excepcional, y a nivel de perfeccionamiento, ha explicado en este curso la técnica, el estilo y la coreografía del baile por romances. O sea, el baile de los antiguos corríos; ese cante que engrandecieron Chiclanita y Mairena y que el otro día no le supieron hacer a Merceditas Ruiz, en su extraordinaria actuación en Villamarta.
Y junto a las maestras, los maestros, los profesores de estos cursos, que tampoco son mancos, ni mucho menos cojos. Y ahí van sus nombres, empezando por Javier Barón, exquisito enseñante del tango y la farruca; Rafael Campallo, que enseña las alegrías; el coreógrafo Javier Latorre que imparte las asignaturas de seguiriya y soleá; Manolete, que enseña el martinete; el veterano Manolo Marín, que explica las alegrías; el gran Antonio el Pipa, que enseña la rondeña y la bulería de Jerez; además de los jóvenes valores jerezanos, Andrés Peña que introduce a sus alumnos en el baile por tangos y explica la técnica de la seguiriya; siendo otro joven jerezano, con amplia experiencia como bailaor, Juan Antonio Tejero, quien inicia a sus alumnos en las bulerías.
Este es el amplio cuadro de profesores del Festival de Jerez, cuyo reconocimiento queremos hacerles llegar a todos por igual; hoy que terminan todos los cursos; por los que han pasado casi un millar de alumnos de diversos países, venidos de lejanas tierras; los cuales se llevan prendidos en los brazos y en los pies el misterio del baile que han aprendido. Esperemos que nunca se olviden de quienes se los han enseñado.

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CON LOS MEJORES MIMBRES

Juan de la Plata

 

Ha vuelto Antonio Márquez al Festival de Jerez, y lo ha hecho por la puerta grande. Con su compañía y con tres piezas de baile de la mejor factura: “El sombrero de tres picos”, “Zapateado” y el “Bolero”, de Ravel. Con lo que ha demostrado, una vez más, que es tan buen bailaor, como bailarín y tan buen bailarín, como bailaor. Uno de los más serios, responsables y rigurosos intérpretes que actualmente tiene en España, tanto el baile flamenco como la danza clásica española. Un artista completo, de los pies a la cabeza, que encabeza una compañía tan importante o más que el Ballet Nacional, al que nada tiene que envidiar, ni en bailarines y bailarinas, ni en cuerpo de baile, ni en la disciplina que a todos les une y les hace triunfar por igual. Una compañía donde nada se deja a la improvisación, ni tan siquiera el fin de fiesta y la forma de saludar, como pudimos comprobar.


Y con esos mimbres humanos, además de la música perfectamente grabada por la Orquesta Nacional de España, dirigida nada menos que por Ataulfo Argenta; con el magnifico equipo técnico y la preciosa coreografía de Antonio Márquez y su mano derecha Currillo; excepto el ballet del maestro Falla, montado con coreografía del mismo Márquez, sobre la creada en su día por Antonio Ruiz Soler, el gran “Antonio”, su maestro, es lógico que todo el espectáculo resultara de primerísimo orden; perfectamente conjuntado, sincronizado al máximo, en todos los movimientos de los bailarines y cuerpo de baile; con una interpretación deliciosa del legendario romance de Arcos; quizás la mejor que hayamos visto en los últimos años; donde las primeras figuras se lucen de forma verdaderamente genial; así como en el “Bolero” de Ravel, perfecto de principio a fin, con el acierto de una introducción sin música, hasta que aparece el primer bailarín en escena.


Y si a todo eso añadimos los buenísimos juegos de luces, a lo largo de todo el espectáculo; el excelente sonido y, sobre todo, el colorista diseño del vestuario del ballet, debido a Roger Salas; así como el diseño y realización del vestuario del “Bolero”, original de la bailarina Maite Chico y Eva Leiva, directora adjunta de la compañía; no cabe duda de que Antonio Márquez ha tenido el acierto de saber y poder contar con los mejores mimbres, para fabricar esta canasta de arte, construida sobre el escenario del teatro Villamarta, a base de mucha imaginación y entrega; y con cuya realización todos gozamos la noche del martes, en el Festival de Jerez., donde la Compañía Antonio Márquez, que patrocina el ayuntamiento y comunidad de Madrid, junto con el Ministerio de Cultura, ha sabido poner el listón muy alto, después de que hayamos tenido que soportar alguna que otra de esas tediosas compañías, que decían bailar - de cuyos nombres y bailarines no queremos ni acordarnos -, en esta edición del Festival de Jerez que acaba de finalizar.


Compañías de baile como ésta son las que hacen falta en España. Claro que todas no pueden contar con un Antonio Márquez, al frente de las mismas. Un artista que gusta de vestir sus espectáculos con las mejores galas. Con el más vistoso colorido de sastrería; y con las mejores luces y sonidos. Un titular de compañía y director artístico, sumamente capacitado, y exigente consigo mismo y con sus bailarines, bailarinas, cuerpo de baile y equipo técnico; que busca la perfección y la encuentra, a base de rigor y disciplina.
Y con esos mimbres, con ese buen hacer y con la profesionalidad de todos sus elementos, no cabía esperar otra cosa de la Compañía Antonio Márquez, sino que bordara, como quien hace los mejores encajes de bolillos, los tres números de que se compone el programa que pudimos presenciar, cuando el baile y la danza, dándose la mano, se despedían del festival jerezano, con toda la elegancia del mundo.


Que si éste abrió con una exquisita puesta en escena del Ballet Nacional de España, dirigido por José Antonio, con el estreno de la obra “El Loco”, ideada y escenificada por Paco López, que fue todo un éxito; cerraba finalmente el ciclo de baile y danza, con tres piezas de la máxima calidad y altura artística: “El sombrero de tres picos”, el “Zapateado” flamenco de Antonio Márquez - vestido a la antigua y más clásica usanza para tal ocasión -, y ese genial “Bolero” de Ravel, donde se lució toda la compañía, con inolvidable exquisitéz; dejando en el público que abarrotaba el teatro el mejor sabor de boca y aplaudiéndole a rabiar, puesto en pie, como corresponde a la categoría de tan magníficos y geniales artistas que triunfaron totalmente, con toda justicia, por obra y gracia de la estética y la ética de su baile, elaborada con los mejores mimbres y, sobre todo, con calidad y arte; con mucho arte; consiguiendo entusiasmar al público, que se le rindió desde el primer momento, en una entrega abiertamente correspondida.

 

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DIGNO BROCHE DE ORO SONANDO A GLORIA

Juan de la Plata

 

La verdad es que del espectáculo que cerró el IX Festival de Jerez, lo único digno de recordarse, aparte de los dos magníficos bailes – petenera y alegrías, ambos con bata de cola – que interpretara la gran bailaora trianera, Milagros Mengíbar, fue el colosal concierto que ofreciera, durante más de una hora, nuestro paisano el querido y admirado guitarrista Paco Cepero; quien fue realmente el que pusiera digno broche de oro, sonando a gloria, a estos eventos celebrados durante dos semanas, en el palco escénico de nuestro primer coliseo y en otros locales como las peñas flamencas jerezanas, la bodega “Los Apóstoles”, el palacio de Villavicencio, en el Real Alcázar, y la sala Compañía.


La guitarra de Paco Cepero, a lo largo de toda su deslumbrante actuación, llenó de mágicos sortilegios el teatro Villamarta, mientras el músico jerezano desgranaba, una a una, sus mejores piezas, yendo de la prima al bordón y del bordón a la prima; pisando limpiamente los trastes y dando formas etéreas al sonido de sus coloristas falsetas; a las que adornó, en determinados momentos, con la galanura del buen baile de dos jóvenes artistas de la tierra, que han recorrido con él, triunfalmente, toda Europa, Irene Carrasco y Juan Antonio Tejero. Si grácil ella, varonil él; destacando muy especialmente cuando bailaron en pareja. Y no digamos nada del acertado acoplamiento de la voz de ruiseñora de Elu de Jerez, por nana y por seguiriya y otros derroches; contrapunto excepcional a la música que Cepero hacía brotar del pozo sin fondo de su guitarra. Mientras se dejaba respaldar por otras dos jóvenes sonantas jerezanas, como son las de José Ignacio Franco y la de Miguel Salado, la percusión de Carlos Merino y las palmas jaleadoras de los hermanos iguales, Luis y Ali de la Tota.


Qué aluvión de acordes, punteados, bordoneos y hechizos encantados, los que el guitarrista extraía de su precioso instrumento, acariciándolo más que tocándolo; pulsando suavemente las seis cuerdas, como quien acariciara el cabello de una amante, que eso y no otra cosa es, y ha sido siempre, la guitarra para Paco Cepero. Una amante, que se deja acariciar y abrazar dulcemente; y a cambio le habla musicalmente, con estremecimientos de mujer, a quien tan delicadamente la acerca a su corazón de artista enamorado.


Todo el teatro estuvo pendiente, durante todo el exquisito concierto, de la voz inconfundible de la guitarra de Paco Cepero. Voz de agua marina y de corales de inmensos e ignotos océanos, atraída por el duende de su ejecución de ensueño; mientras Paco no cesaba de hacernos llegar el íntimo diálogo que sus manos mantenían con la voz, ora lastimera, ora susurrante, de quien tan hermosamente se le entregaba, en delirios de musicales quejíos y embriagadores perfumes de acordes en flor.


Y es que la guitarra, tan femenina ella, a cambio de su queja musical, únicamente pide amor; solo amor, para la prima que ríe, y el bordón que llora; mientras que las demás cuerdas vocales de su corazón de madera, se expresan lastimadas al sensible tacto del artista que no cesa de pulsarlas, como quien abre y deshoja los pétalos de terciopelo de una rosa. Roja rosa de los vientos del alma enamorada que la abraza, “con pasión de Polifemo”, como diría Lorca.


Porque Paco Cepero, además de guitarrista, de músico y compositor, es poeta y, como tal, siente lo que compone y ejecuta; transmitiendo sentimientos y emociones diversos; según su guitarra hable o cante, sueñe o divague; hasta hacernos participar de sus propias emociones internas; en un contacto permanente de sensaciones y mágicos soliloquios que nos transmite, tan armoniosamente, con su floreado diálogo con las seis cuerdas.


Un guitarrista de tan larga ejecutoria, como Paco Cepero, que cultiva con esmero y pasión de enamorado una de las bellas artes, que tan justamente ha sido galardonada por aurífera medalla real, es todo un lujo para el pueblo flamenco de Jerez y, aunque su modestia personal le hiciera decir, en más de una ocasión, al principio y al final de su brillante concierto, en Villamarta, que era para él todo un honor cerrar con su actuación el Festival de Jerez, la verdad es que ha sido realmente a la inversa; el honor ha sido para Jerez y su festival que él se haya dignado cerrar el mismo con ese broche de oro que sonó a gloria, en una noche de duendes. Y para Jerez, tenerle como hijo de fama universal, es otra gloria. Y una bendición su música, con la que los jerezanos nos identificamos y nos sentimos más que orgullosos. Gracias, Paco.

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